InviZimals!… yesoqueesloquees?

Todos hemos tenido de pequeños nuestro álbum de cromos. Yo recuerdo con mucho cariño el de E.T., también el de la Batalla de los Planetas, el de Willy Fogg, el de la Abeja Maya

Me quedé con las ganas del de Candy Candy.. ¡qué bonitos eran los dibujos de Candy Candy!

Desde que aquellos álbumes entrañables dejaron de coleccionarse han pasado ya unas cuantas décadas. Luego te casas, vienen los hijos, los hijos crecen, van al colegio y empiezan a coleccionar cromos:

-“¡Mami, Rubén tiene los cromos de los Invizimals!”

-“¿Yesoqueesloquees?”

-“Pues son unos animales que están tó-guapos” (nótese el vocabulario de la infancia del siglo XXI)

Y como todos sus amiguitos tienen los dichosos cromos, tu niño no va a ser menos. Así que ya tenemos comprado el álbum  y unos cuantos cromos de estos “entrañables” animalitos

Como no teníamos bastante con los cromos, también había que hacerlos en galletas:

-“Mami, ¡tengo una idea! ¿Y si a mis amigos les hacemos galletas de los Invizimals?”

Lo que faltaba. Pero bueno, he sido débil y no he podido resistirme a los ojillos de “gato con botas” que me puso Germán.

Le comenté la idea a nuestro “Departamento de Diseño Gráfico” (o sea, Miriam) y se puso manos a la obra. Me buscó unas cuantas de estas abominaciones gráficas y al verlas plasmadas en galletas han resultado hasta preciosas. ¡Quién lo iba a decir!.


Aquí podéis ver cómo quedaron cuando conseguimos atraparlos:

Esta tarde me las he llevado a la fiesta del cole y las he repartido entre los coleccionistas. Ver la cara que han puesto los niños cuando han visto de qué eran las galletas ha sido maravilloso.

Un beso,

Estíbaliz

¿Qué le regalo? – Un barco pirata, claro

Este sábado hemos estado en un cumpleaños infantil. La celebración estaba alejada de bolas y ruidos infernales y entusiasmó a los niños: naturaleza y juegos. Para los que viváis en Málaga y tengáis hijos que no hayan nacido en invierno, sin duda os lo recomiendo: el Jardín Botánico – Histórico La Concepción.


La homenajeada cumplía siete añitos ya, ¡Dios mío que rápido crecen! ¿Qué les gusta a las niñas de esa edad? Yo debería saberlo porque Candela tiene esa edad, pero me costó decidirme. Si el fin de semana fue un yate, éste iba a ser un barco pirata y todo su contenido.

Éstas son las primeras galletas (bueno, las segundas porque a las primeras no les hicimos fotos) que hacemos imprimiendo sobre papel de azúcar. Hemos hecho muchas, como las del bautizo de la ahijada de mi marido, o los bubbles guppies de Estibaliz encargando obleas (papel de arroz) en una confitería. La pregunta lógica es ¿cómo os dio por hacer galletas con esta técnica? Y no seré yo la que os cuente lo que cuesta hacer un escudo del Málaga con glasa. Se puede disponer de tiempo infinito, de un Kopycake (que no es nuestro caso), y tener la pericia de Estíbaliz y aún así fracasar. Te puede quedar hasta chulo el escudo, pero cuando el niño al que va destinado lo ve, te dice alto y claro: “¡No es igual!” Y su madre se sonroja y te dice: “pero si esta chulísimo”, y el niño repite, “¡no es igual!” Y el niño tiene más razón que un santo. Y si tienes que hacer 80 ya empieza a sonar la musiquilla de Misión Imposible: tantantam tanatan tam…

Encontramos una confitería que imprimía lo que le llevásemos. Bastaba con preparar un JPG del tamaño de un A4, un poco de photoshop y listo. Pero esa confitería y todos los demás sitios donde preguntamos, y somos de mucho preguntar,  sólo imprimían en papel de arroz. Y el papel de arroz sabe “papeloso”, y es duro como un demonio y los bordes son más rebeldes que el remolino de pelo de mi hija y siempre se acaban curvando hacia arriba. Y no brilla nada, y si le cae una gota de agua se deshace. Y me diréis: “pues píntalo con gelatina de manzana”, pero luego ¿cómo lo metes en su bolsita de celofán?

Finalmente, no hemos podido resistirnos y, como en esto de las galletas nos hemos metido para perder dinero, nos hemos comprado una impresora de tinta comestible y una cajita de papel de azúcar que es casi más cara que la impresora. Exagero, pero cara es. La calidad de impresión es mucho mejor sobre esta masa de azúcar que huele como el fondant de petinicce, que casi no aporta sabor y no cambia para nada la textura de la galleta,  y que es blanca, no grisácea como el papel de arroz. Las galletas tienen un acabado muy superior.

En la foto no se aprecia muy bien,  pero la diferencia entre una y otra es notable.

Con eso y un poquito más de photoshop se puede hacer prácticamente cualquier cosa.

Suspiramos por las cajas de Selfpackaging, pero mientras tanto, nos conformamos con lo que encontramos.

Un beso, Miriam G.

¿Qué le regalo? – Un barco, claro

El sábado tenía un cumpleaños.  El lunes llamé a la mujer del cumpleañero y le pregunté:

–           Adri ¿Ahora a Sergio por qué le ha dado?

Sergio es un tío con aficiones, y además las va renovando, así que no suele ser difícil regalarle algo.

–          Pues no te va a llegar el presupuesto Miriam, ahora le ha dado por los barcos, se está sacando el título de capitán.

Y no, en realidad no me daba el presupuesto, ¡pero qué narices!,  si no le podía regalar un barco le podía regalar unas galletas de mar.

Y evidentemente están aromatizadas con vainilla de las islas:

Pero ya metidos en harina, literalmente, claro que puedo regalarle un barco. Un barco grande. La galleta mide 12 x 7,5 cm y tiene un grosor de 1cm

Y al barco claro, le puse el nombre del homenajeado:

Y por supuesto, había que bautizarlo.

Espero que os haya gustado el regalo de  Sergio.

Un beso, Miriam G.

Tenemos Departamento de Calidad

Desde que Miriam me contagió la enfermedad diagnosticada como «necesito decorar galletas por encima de todo» hemos tenido un periodo de rodaje en el que hemos aprendido y experimentado mucho, tratando de encontrar la mejor receta de galletas, la mejor técnica para decorarlas, buceando horas y horas por internet, y metidas horas y horas en la cocina.

Ahora se puede decir que ya tenemos una receta de masa de galletas «estable» (como diríamos los informáticos) y una técnica de decoración también estable.
Cuando empezamos a aplicarlas, me di cuenta de que Miriam tenía un defecto (sólo uno): alcanzar la perfección en la decoración de galletas. Para que veáis a lo que me refiero os cuento que he tenido que aguantar frases como: que si no tamizas la harina, que si no dejas la mantequilla a temperatura ambiente, que no tamizas el azúcar glas, que esto tiene rebabas, que estas galletas deberían tener un grosor de 6 mm y miden 9 (¡increíble, las mide y todo!). Ya la he bautizado como el Departamento de Calidad de «Mensaje en una galleta», así que cuando quiero pedirle su opinión le digo: «¿Y qué piensa de esto el Departamento de calidad?».

Tendríais que verla pegada a la pantalla del ordenador cada vez que ve una foto en internet de galletas decoradas soltando un «¡qué mal hechas son!», que traducido del habla malagueño al castellano estándar (otra vez salió la vena informática) quiere decir que son unas auténticas chapuzas. Y lo dice ya hasta de las que llevan decorando toda su vida galletas y están al otro lado del charco.

A raíz de esto, ahora cada vez que le tengo que enseñar las galletas que he decorado saca «sus rayos X» y espero nerviosa a que me dé el veredicto. Si me dice: «¡qué bonitas!», quiere decir que ha visto algo que está mal. Hace unos días tuvimos que hacer unas cuantas de comunión y me pidió una muestra para enseñársela a un familiar. En estos casos, cualquiera le daría la que peor estuviera decorada, yo, en cambio, le di la más perfecta de todas para que pudiera pasar la prueba de los rayos X. Así que se la arrimó al ojo (sólo le faltó sacar la lente de aumento que usan los joyeros) y empezó a escudriñarla de arriba a abajo, de izquierda a derecha. «Está perfecta». Prueba superada.

Después de llevar unos cuantos meses trabajando con ella en el mundo de las galletas(otra cosa son los siglos que llevamos colaborando como programadoras), me he dado cuenta de que me ha contagiado. No quiero que otra Miriam que haya por ahí vea mis galletas y diga «¡qué mal hechas son!». Quiero que mis galletas decoradas sean perfectas, que la glasa no tenga burbujas, que esté lisa, sin arrugas (parece un anuncio de crema hidratante), que las líneas sean rectas cuando tengan que serlo y, a ser posible, que no se distinga el flooding del pipping, etc, etc. y que sea una galleta deliciosa a la vista y al paladar.
Sé que la perfección no es posible pero, a pesar de todo, no nos conformamos con el trabajo que acabamos de hacer, haremos todo lo posible para que la siguiente vez sea más perfecto.

Y para finalizar os dejo unas galletas de los Bubble Guppies que seguro que no pasarían el control de nuestro Departamento de Calidad:

Un beso, Estíbaliz